En términos generales, puede definirse la evaluación como «la actividad consistente en recoger la información necesaria para tomar decisiones educativas adecuadas» (Genesee). La evaluación es, pues, un «motor de cambios».
Partiendo de esta frase, Diego Ojeda insistió, en la fase específica del curso «Competencias Profesionales…», en puntos como que la evaluación puede (y debería) ser una actividad compartida, que el error es útil para el aprendizaje o que es necesario utilizar actividades, instrumentos y técnicas de evaluación variadas. Todo ello teniendo muy en cuenta que la evaluación es una potente herramienta de regulación de los procesos de enseñanza-aprendizaje.
Se plantea, pues, un modelo de evaluación que podríamos denominar «alternativo», basado en lo que los alumnos son capaces de asimilar e integrar, más que en lo que pueden recordar y reproducir.
El sistema de evaluación alternativo pone especial énfasis en el progreso del alumno, en lo que sabe -más que en lo que aún no ha aprendido, en sus «puntos débiles»- y evita comparar al estudiante, ya que cada uno tiene su propio ritmo de aprendizaje. También se toman en consideración, en este modelo, los diferentes estilos de aprendizaje, así como el contexto lingüístico, familiar, cultural y educativo del alumno, amén de las expectativas de éxito del propio alumno.
Teniendo en cuenta todas las consideraciones anteriores, el modelo ideal para la evaluación, en un contexto diverso como el nuestro, es el Portafolio, un dossier personal en el que se recoge una selección de los resultados de algunas tareas realizadas por cada alumno, para documentar e ilustrar sus progresos y sus logros.
De todos modos, el Portafolio no es el único instrumento interesante para evaluar, ya que la observación sistemática planificada, las tutorías, las exposiciones y, por supuesto, los tradicionales exámenes, también contribuyen a la recogida de información para tomar decisiones educativas.
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